Argentina: la Economía Feminista en el centro

Fonte: Boletín Boca A Boca – Articulación Feminista Marcosur.

Se realizaron las I Jornadas de Economía Feminista en Córdoba y, en este marco, conversamos con Corina Rodríguez Enríquez acerca del trabajo de cuidados no remunerado.

Los días 6 y 7 de septiembre se realizaron las I Jornadas de Economía Feminista y XII Jornadas de Economía Crítica en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. El encuentro, organizado por la Sociedad de Economía Crítica y el Espacio de Economía Feminista, propuso no solo compartir investigaciones académicas, sino también propiciar espacios de formación, talleres, debate político y acción.

Las jornadas enfocaron el abordaje de la Economía Feminista a través de las discusiones en torno al trabajo y la organización social del cuidado en Argentina, las tensiones en el tratamiento de las políticas públicas desde una perspectiva feminista, y las resistencias desde la Economía Feminista hacia la injusticia económica en un contexto signado por el neoliberalismo y la violencia económica.

En este marco, la economista, Doctora en Ciencias Sociales y docente e investigadora de CONICET Corina Rodríguez Enríquez, brindó un conversatorio-taller acerca de las preguntas incómodas que plantea la Economía Feminista. Conversamos con ella acerca de las desigualdades de género que persisten en el trabajo de cuidados no remunerado, la dimensión transnacional de este problema expresada en cadenas globales de cuidado, y la potencia transformadora de la economía social y solidaria.

Con “trabajo de cuidados” nos referimos a la reproducción cotidiana de la vida de las personas, que mayoritariamente es resuelto por mujeres. Ellas resuelven las tareas reproductivas y domésticas: atienden a niños, ancianos y personas con discapacidad, cocinan, lavan, limpian, crían, abastecen, gestionan educación y salud, entre muchas otras cosas. Este trabajo invisibilizado, no valorado y no remunerado contribuye al funcionamiento del sistema económico social y a la generación de valor económico: es un subsidio enorme a la acumulación capitalista y determina diferentes posibilidades y oportunidades para las personas, ya sea por su género y/o por su condición social. En este sentido, sostiene Corina, la organización social del cuidado es desigual en varios sentidos y, además, factor de reproducción de dicha desigualdad. Es desigual en relación a la intensidad y cantidad de trabajo que resuelven, en primer lugar, los hogares, el sistema público, el sistema privado y las organizaciones comunitarias; en segundo lugar, hombres y mujeres; y, en tercer lugar, mujeres con más o menos recursos económicos.

“Todos estos actores [hogares, sistema público, sistema privado y organizaciones comunitarias] deberían proveer cuidado de manera interrelacionada y equitativa, aunque la organización social del cuidado en Argentina se concentra en los hogares. A su vez, al interior de estos, está distribuido desigualmente entre varones y mujeres, ya que las mujeres asumen, desarrollan y ejercen mucho más trabajo. Además, afirmamos que esta organización social del cuidado es un nudo básico de reproducción de la desigualdad, porque las mujeres de menos recursos económicos tienen más demandas de cuidados y menos posibilidades de resolverlas que las mujeres con más recursos. La brecha de uso del tiempo entre varones y mujeres es tan alta como la brecha entre mujeres del quinto y el primer quintil”, explicó la economista.

Corina hace un llamado de atención sobre ciertas políticas públicas que podrían parecer beneficiosas a priori pero que perjudican a las mujeres al reforzar su rol cuidador. Tal es el caso de los Programas de Transferencia Condicionada de Ingresos, que proponen una transferencia monetaria asociada a una condicionalidad vinculada a cuestiones del cuidado, como son la educación y la salud, y que refuerzan el rol cuidador de las mujeres en vez de plantear la distribución de ese trabajo.

El trabajo de cuidados está lejos de permanecer dentro de las fronteras de un país: el neoliberalismo y el capitalismo global, sumados a la feminización de las migraciones y las crisis económicas, devienen en cadenas globales de cuidado. Mujeres emigran de sus países de origen (dejando atrás el cuidado de personas dependientes a otras mujeres de la familia, como abuelas o hijas mayores) para suplir las necesidades de cuidado y domésticas de otros países. “Se arma esta cadena que va derivando el cuidado y los eslabones sufren diferentes vulneraciones. En Latinoamérica hay otras cadenas de cuidado entre países relativamente más ricos y países relativamente más pobres como son Paraguay-Argentina, Perú-Chile y Nicaragua-Costa Rica. Y eso en casos de fronteras relativamente próximas… En otros casos se da en distancias enormes, que significan desarraigo y rompimientos afectivos, como es el caso de Ecuador-España o Filipinas-EEUU”, puntualiza Corina.

La Economía Feminista cambia enfoque, preguntas, preocupaciones y metas de la economía neoclásica. Según esta última, el mundo se tiene que organizar como un agregado de mercados de libre competencia, por lo que su preocupación principal se centra en cómo garantizar que los mercados funcionen. La economía feminista, por el contrario, postula descentrar a los mercados y poner en el centro la sostenibilidad de la vida, de modo que la preocupación es garantizar las condiciones de posibilidad de todas las vidas. Mientras una persigue la acumulación, la otra apuesta a la distribución y, en este sentido, nos preguntamos de qué modo lee la Economía Feminista las estrategias de economía social y solidaria que tejen las mujeres en tiempos de crisis: “Yo, que siempre trabajé con las políticas públicas y que siempre creí en la potencia transformadora del Estado, cada vez estoy más convencida de que la transformación perdurable viene desde abajo, de los territorios y de estas prácticas. A mí me parece que es esencial que el Estado mire, aprenda y las apoye (…). Es un proceso muy lento, pero me parece que ese es el camino de la economía feminista, estas formas alternativas de organizar la producción, la distribución y el consumo. Es central visibilizar estas prácticas, contagiarlas, enseñarlas, que se vuelvan educativas”, dice Corina.